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Sentirse eficiente en el trabajo, un antídoto contra el Burnout
Por Fabiola Czubaj
De la Redacción de LA NACION
La sensación de que en el trabajo el tiempo no alcanza para resolver todo, de que las responsabilidades asignadas superan ampliamente el sueldo a fin de mes, de que hay cada vez más tareas para repartir entre menos personas o de que los días de descanso son más cortos que el resto de la semana pueden deteriorar, poco a poco, cómo percibimos nuestro rendimiento laboral y provocarnos un colapso.
Cuando contamos con un arsenal de defensa lo suficientemente resistente, por extraño que pueda parecer, esa misma percepción de que somos eficientes en el trabajo se transforma en un mecanismo natural de protección contra el síndrome de desgaste profesional o burnout. De lo contrario, el "estresazo" gana a expensas de nuestra salud mental, emocional y física.
"La percepción que las personas tienen de la autoeficacia o el rendimiento personal en sus actividades diarias, cualesquiera que sean, está asociada con un efecto amortiguador ante ciertas experiencias que activan el mecanismo del autocuidado. La autoeficacia es una de las variables que actúan como mediadoras de la sensación de malestar o de bienestar", explicó a LA NACION la psicóloga Edith Vega, coordinadora de actividades docentes de la Fundación Aiglé.
La clave está en lograr un adecuado "ajuste" entre la autopercepción del rendimiento laboral y qué perciben los demás. Para eso, comentó la especialista, se necesita lograr un equilibrio entre los recursos individuales para realizar una tarea y su nivel real de dificultad.
"Cuanto mayor sea el ajuste entre esas dos variables, más ajustado a la realidad estará la sensación de autoeficacia", dijo Vega, antes de su presentación en el VII Congreso Nacional de Mujeres Médicas, en la sede de la Asociación Médica Argentina.
Los principales estudios sobre el tema se realizaron en profesionales de la salud, en general, en grupos de enfermeras especializadas en neonatología. Una revisión de la literatura publicada en la revista Ciencia y Enfermería, asegura incluso que nuestra reacción ante el estrés estarían más determinada por el sentimiento de cuán eficientes somos para enfrentar los problemas que por las demandas y amenazas objetivas en el entorno.
"Un bajo nivel de eficacia percibida en el control de estresores psicológicos está acompañada por elevados niveles de estrés subjetivo -escribieron investigadoras de las universidades Católica del Maule y de La Serena, en Chile, coautoras de la revisión-. Se ha demostrado que las reacciones al estrés son bajas cuando la gente sabe manejar los estresores a través de un adecuado nivel de autoeficacia."
Factores negativosEntre los factores que debilitan esa autopercepción está no recibir un salario considerado justo para las responsabilidades o la cantidad de horas dedicadas al trabajo, no tener suficiente libertad para decidir sobre el trabajo ni participar en la elaboración de proyectos dentro de un grupo, encontrar resistencia a las nuevas propuestas o no encontrarle sentido al trabajo, entre otras.
En esos casos, explicó la especialista, puede ocurrir que se subestimen las propias capacidades o que aparezca la sensación de que es imposible poner en práctica un proyecto personal o laboral por culpa del entorno.
"Lo primero es muy importante porque, si la subestimación se prolonga en el tiempo puede provocar sentimientos muy profundos de desvalorización, generar depresión, burnout o, incluso, inducir el suicidio", comentó Vega.
Para poder recuperar la adecuada percepción de autoeficacia existen programas de entrenamiento, como los que se ofrecen incluso de manera gratuita a personas de bajos recursos en la Fundación Aiglé ( www.aigle.org.ar ).
"Esto permite devolverle a la persona el equilibrio entre qué es lo que puede hacer y en qué ámbito puede hacerlo -señaló la doctora Vega-. Es frecuente ver que una persona es muy hábil en un área de trabajo y entonces deciden en la empresa transferirla a otra posición en la que, quizá, carece de habilidades para llevarla adelante y entonces falla. De ahí la importancia de contar con una buena política de salud laboral."
Pero cuando el problema no es la subestimación o sobreestimación de las propias habilidades, sino la hostilidad del entorno de trabajo, Vega asegura que lo importante es "no pedirle peras al olmo". Los ambientes negativos, poco estimulantes o resistentes a los cambios aumentan el riesgo de la subestimación y la atribución de los conflictos a deficiencias personales.
"Si una persona logra identificar adecuadamente al entorno como la causa de la disminución de su rendimiento, podrá inmediatamente comenzar a identificar qué y qué no es posible hacer en un entorno con esas características -dijo Vega-. Encontrar la satisfacción laboral es fundamental para prevenir el burnout , que no sólo tiene que ver con la remuneración justa por el trabajo realizado, sino también con la posibilidad de que la persona le encuentre sentido a su trabajo."
Discapacidad laboral
- Los trastornos mentales son responsables de entre el 12 y el 13% de las discapacidades laborales. Las patologías graves y recurrentes afectan al 5% de la población entre 18 y 65 años, es decir que afectan a 1.300.000 personas en edad productiva. "Lo que se invierta en la salud mental de los trabajadores siempre será mucho menos que lo que cuesta el tratamiento de los trastornos cardíacos y las enfermedades autoinmunes que produce el desgaste profesional -dijo la doctora Edith Vega-. El cansancio crónico, los dolores físicos y los pedidos de licencias por estrés son un foco importantísimo de riesgo."
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1044740
jueves
Ansiedad, Zozobra Punzante
Fuente: CosmoGuayana Latin Magazine
Woddy Allen, Nicolas Cage, Johnny Depp, Naomi Campbell y Courtney Love son algunas luminarias que padecen los estragos de este inquietante malestar que hace temblar hasta al más endiosado o circunspecto de los mortales. Conozca los pormenores de un trastorno emocional que respira agitado en el diván de los consultorios psicológicos
“No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro,ni de la cárcel, ni de la muerte.
De lo que hay que tener miedo es del propio miedo”.
Epicteto de Frigia
Marta Prado (seudónimo), se paraliza ante la presencia de su enojado jefe. En instantes, su corazón late tan de prisa que asemeja los contundentes repiques de una banda marcial. Los nervios la poseen y, vertiginosamente, deja de coordinar sus pensamientos, tratando de enfrentar, azarosa y torpemente, las tareas diarias. La causa es que la sola idea de perder su empleo la aterra, por lo que su estado de alerta -para prevenir un posible altercado con su superior-, la mantiene en una constante tensión. Lo que no sabe es que la zozobra que punza sus sentidos tiene un nombre: ansiedad.
De naturaleza común, es una patología que muchos asumen sentir, pero pocos podrían definir. Al respecto, César Landaeta, psicólogo clínico y especialista en Sistemas Humanos, egresado de la Universidad Central de Venezuela, valida sus pasos aludiendo a una famosa melodía compuesta por el poeta y músico venezolano José Enrique Sarabia, que reza: “Ansiedad de tenerte en mis brazos / musitando palabras de amor / ansiedad de tener tus encantos / y en la boca volverte a besar”. Y es que para este experto, la incertidumbre tiende a ser confundida hasta con el concepto de “ansias o deseos”. No obstante, resalta las abismales diferencias entre ambas ideas: “Se trata de un estado producido por la pérdida del equilibrio emocional caracterizado por pensamientos que amenazan al Yo, respuestas fisiológicas de una alerta inespecífica e intranquilidad generalizada”.
Por su parte, el psicólogo y psicoterapeuta Gerardo Velásquez, también egresado de la Universidad Central de Venezuela, resalta que “es un estado emocional desagradable acompañado por sensaciones de amenaza y preocupación excesiva por el presente o futuro”, coincidiendo con Landaeta al afirmar que despabila una aprensión “sin causa aparente”, disparándose así un conjunto de respuestas fisiológicas, cognitivas y conductuales como el miedo, la angustia, el nerviosismo o la inseguridad, resalta el experto.
Temeroso legado
Los estragos de este sobresalto desmedido, pueden “expresarse desde una temprana etapa”, asegura Landaeta, sin embargo no se atreve a ubicarla en una edad precisa, ya que sus primeros rastros dependerán “de cada individuo y de la forma como reaccione frente a las exigencias de su medio”, subraya, tras dejar por sentado que tampoco sería posible afirmar que un género sea más propenso que otro a encubarla.
Como una de las figuras supremas de los consultorios psicológicos y psiquiátricos -según lo asevera Velásquez, quien además dirige el Centro de Neuropsicoterapia anclado en Caracas-, la ansiedad es un soplo que no “hace distinción de edades”. En todo caso, lo que varía es el modo de manifestación y los factores que la desencadenen, como los “hereditarios, los de historia de vida, los aprendizajes asociados a estímulos favorables o desfavorables y los aspectos endógenos como la producción desequilibrada de neurotransmisores durante el proceso de activación e inhibición neuronal”, especifica, aclarando que “todos estamos expuestos a atravesar por una crisis en el tema”, pero es la referida cadena de elementos la que establecerá que algunos individuos sean más propensos que otros al momento de ser acechados por esta garra paralizante.
Contrastando las apreciaciones que incitan su aparición, Luis Mariani, médico psiquiatra egresado de la Universidad de Buenos Aires, presidente de la Sociedad Iberoamericana de Salud Mental en Internet y director del portal Eutimia.com, asegura que este conmoción “puede revelarse al comienzo de la adultez”. En cualquier circunstancia, su temerosa mecha también puede encenderse desde la infancia, “constituyendo un buen ejemplo de los trastornos de angustia por separación”. Simultáneamente, a juicio del indagado, “las mujeres son más vulnerables a sus efectos que los hombres”.
Hay que saber...
- Según Gerardo Velásquez, psicólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela, y actual director del Centro de Neuropsicoterapia, anclado en Caracas, los trastornos de ansiedad son más comunes en los países occidentales.
- Esta paralizante patología tiene una incidencia aproximada, en la población de 8 a 10%, así lo destaca Luis Mariani, médico psiquiatra egresado de la Universidad de Buenos Aires y presidente de la Sociedad Iberoamericana de Salud Mental.
- A juicio del psicólogo clínico y especialista en Sistemas Humanos, César Landaeta, “el miedo es una reacción ansiosa de alta intensidad, con las fobias en el extremo de la línea”.
Variopinta patología
Dependiendo del motor que la promueva y del lapso temporal al que se prolongue, la ansiedad podrá ser el factor común de una dilatada clasificación. Al respecto, Mariani refiere que su abanico se despliega en versiones: trastornos generalizados, los de pánico, los de tipo social, las fobias específicas, el desequilibrio por estrés agudo, el disturbio obsesivo-compulsivo, la tensión postraumática, la secundaria impulsada por enfermedades médicas como el hipertiroidismo, el consumo de fármacos y la suscitada por alteraciones en la vida social, laboral o familiar.
Cuando las personas muestran una “constante preocupación, esperando siempre lo peor, a pesar de que no existan peligros reales, y les cuesta deshacerse de sus inquietudes”, emiten señales contundentes, advierte Velásquez. Danilo Contreras (seudónimo) comparte su experiencia en el portal argentino Osea.ellitoral.com: “Durante un largo período sufrí lo que se denomina ansiedad generalizada, según el diagnóstico que me dio mi especialista. Sentía que el tiempo nunca me alcanzaba, por lo que tenía que hacer todo muy rápido y la situación no me dejaba disfrutar de nada. Al final del día, terminaba angustiado.
Por momentos tenía una sensación de miedo por lo que no podría cumplir. Tuvela suerte de no haber llegado a un punto extremo o a una fuerte depresión, gracias a las alternativas naturales como yoga, meditaciones y terapias para armonizar mis emociones”, declara. César Landaeta engloba estos casos en los confines del tipo flotante, “en donde la persona vive en vilo, como si algo peligroso estuviera por ocurrir, pero finalmente no termina de hacerlo”. En este contexto, Luis Mariani, explica que este sinsabor puede persistir durante más de seis meses y abalanzarse sobre una amplia gama de acontecimientos o actividades.
En los sucesos de pánico, Gerardo Velásquez describe que “la persona experimenta sorpresivas e intermitentes crisis de súbito e intenso terror que duran lapsos aproximados de 10 minutos, tiempo suficiente para dejar a la víctima emocionalmente exhausta y amilanada”. Acorralados por estos espectros, los afectados pueden padecer palpitaciones fuertes, dolores de pecho, sensación de asfixia u hormigueo en algunas partes del cuerpo y miedo a morir.
Entre el bien y el mal
Pese a que, en puntuales ocasiones, la ansiedad puede ser considerada, según estipula Landaeta, como una “reacción lógica y necesaria ante un peligro real o potencial” -impresión que resulta positiva al permitir que el individuo “examine sus recursos para resolver conflictos o amenazas”-, también es cierto que, en niveles álgidos, puede impulsar respuestas fisiológicas capaces de acabar en “parálisis de extremidades o faciales, dolores generalizados, conductas desesperadas, intentos suicidas” y, aunque parezca increíble, hasta un infarto al miocardio, especifica el especialista en Sistemas Humanos. Luis Mariani añade que tan penetrante patología puede turbar las relaciones “interpersonales, e incluso el rendimiento laboral o académico”. Según el galeno, sólo puede considerarse como positiva cuando prepara al individuo para enfrentar algunas situaciones como “competir en una carrera de atletismo, dar una conferencia ante una gran audiencia o enfrentarse a un examen académico”.
Patología aniquilada
Mermar los estragos de esta hostil realidad, será, ocasionalmente, un asunto de voluntad, pues “de no tener mayores limitantes, las revelaciones ansiosas podrán ser manejadas mediante el aprendizaje de técnicas antiestrés-relajación, meditaciónyoga, o con el uso de productos ansiolíticos naturales”, sentencia Landaeta. Pero si el sujeto pierde la capacidad de controlar los síntomas, será necesario refugiarse en la ayuda médica. De esta manera, la neuroterapia, también conocida como neuro-feedback, la acupuntura y diversos ases de la medicina alternativa, podrán ser los tratamientos indicados, refiere Velásquez. En otros panoramas, el psiquiatra argentino recomienda combinar una “psicoterapia de orientación cognitivo-conductual con medicación”. Lo capital es estar consciente de que “hay muchas vías que llevan a una solución, por lo que el tratamiento dependerá de la persona y de la severidad del trastorno”, concluye el director del Centro de Neuropsicoterapia.