domingo

Cuando acumular pone en riesgo la salud

Juntar objetos inservibles en enormes cantidades es un trastorno discapacitante, que interfiere con la calidad de vida del paciente

Sebastián A. Rios
LANACION.com

Todos, en mayor o en menor medida, juntamos cosas que no necesitamos. Acumulamos objetos de todo tipo, con los que hemos establecido algún vínculo afectivo. Pero para un grupo reducido de personas, acopiar puede volverse una obsesión incontrolable, que las encierra -literalmente- en un mundo de basura al que pocos pueden entrar y del que ellos a veces no pueden escapar.
"Todos tenemos cariño por ciertas cosas. Pero suelen ser objetos que tienen un significado emocional especial, y eso está reservado a un número limitado de elementos. En cambio, los acumuladores compulsivos tienden a darles un valor sentimental a cosas que el resto de las personas considera basura", comentó a La Nacion la doctora Gail Steketee, profesora de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Boston, Estados Unidos, en una conferencia telefónica.
"Es usual que muchos conservemos juguetes de nuestra infancia, pero elegimos cuáles guardar y cuáles descartar. Pero los pacientes que he visto guardan todo", señaló Steketee, una experta en hoarding, como se llama a este trastorno en inglés, para luego aportar un ejemplo: "Los acumuladores compulsivos guardarán la caja de un juego, aun cuando la caja esté vacía".
Diarios, revistas, folletos, juguetes y elementos de cocina rotos e inservibles, ropa vieja, envoltorios de comida... lo que sea, pero siempre amontonado en el más caótico de los desórdenes -ésta es otra característica de este trastorno-, eso es lo que podrá verse en la serie Acumuladores, que a partir del jueves 24 de marzo, a las 22, emitirá el canal Discovery Home & Health.
Librada a su natural evolución, la acumulación compulsiva puede amenazar la calidad de vida y la salud no sólo de quien padece el trastorno, sino de su entorno. De eso es de lo que se quejaron los vecinos de la vivienda ubicada en el número 1317 de la calle Hernandarias, en el porteño barrio de La Boca, cuyo dueño en dos ocasiones (la primera en 2005, la siguiente en 2010) fue intimado por el gobierno porteño a deshacerse de montañas de residuos de todo tipo, que eran un paraíso para ratas y otras alimañas.
"El impacto de este trastorno sobre su entorno es doble -comentó el doctor Pedro Horvat, médico psiquiatra y psicoanalista-. Por un lado el evidente deterioro de la calidad de vida que significa para una familia perder los espacios que quedan destinados a la acumulación. Pero hay algo más complejo aún, que es la trama de conductas que el acumulador se impone a sí mismo y a los demás en el cuidado y preservación de esos objetos."
Según Steketee, el impacto de este trastorno sobre la calidad de vida del paciente y su entorno "es similar al que se observa en trastornos mentales severos, como el desorden bipolar o la esquizofrenia". De ahí, la necesidad de abordar su tratamiento con la seriedad que merece.

Enlace fuente: http://www.lanacion.com.ar/1355165-cuando-acumular-pone-en-riesgo-la-salud

miércoles

¿Problemas con la obesidad? Duerma ocho horas

José Mª Ordovás | Madrid
ELMUNDO.es

Siguiendo con la serie sobre los 'siete pecados capitales de la obesidad', abordamos el importante papel que cumple el sueño.

Todos hemos crecido con el mensaje tradicional, pasado de una generación a otra, de que hay que dormir un mínimo de ocho horas al día. Las bases biológicas de que ese número de horas sea el idóneo para nuestro desarrollo y nuestra salud no habían sido demostradas científicamente. De hecho, todavía desconocemos las bases moleculares de por qué necesitamos dormir. Lo que sí que sabemos es que es una necesidad vital y una que cumplimos muy a gusto.

Sin embargo, y a pesar de ello, cada vez dormimos menos. De hecho, en una sociedad altamente competitiva, casi nos jactamos de ello, ya que da a entender que estamos tan ocupados que tenemos que sacrificar horas de sueño para cumplir los objetivos diarios.

Además, a menudo, leemos y escuchamos que, dentro del marco europeo, nuestro país -con un estilo de vida tradicional que incluye el trasnochar por afición y madrugar por obligación- duerme menos que nuestros vecinos. (Aunque esto es algo que se debe justificar con medidas objetivas y no solamente basadas en la percepción subjetiva de lo que dormimos).

En principio, hubiéramos pensado que los efectos de dormir menos se limitarían a sentirnos más cansados y malhumorados, pero para nuestra sorpresa, las investigaciones han ido demostrando que dormir poco, además de afectar a procesos neurológicos, aumenta el riesgo de padecer las enfermedades más comunes de nuestra sociedad, es decir, las cardiovasculares y el cáncer.

Todavía más sorprendente es el hallazgo paradójico de que el riesgo de obesidad, una de las mayores preocupaciones de nuestra sociedad, aumenta al disminuir el número de horas y la calidad de nuestro descanso nocturno.

Estas observaciones epidemiológicas, que inicialmente fueron tomadas con la debida cautela, han ido solidificándose con multitud de estudios recientes. Estos trabajos han ido demostrando uno tras otro que, independientemente de la raza y la localización geográfica, dormir poco y/o mal aumenta entre un 40% y un 50% el riesgo de sobrepeso y obesidad.

La siesta no sirve

Además, el riesgo parece independiente de las causas que provocan la reducción de las horas de sueño (trabajo, estudio, ocio, etc.), con el agravante de que dormir durante el día no parece compensar la disminución del descanso nocturno; lo cual parece echar por tierra nuestro mito de la siesta.

Un patrón preocupante que emerge también de los estudios llevados a cabo es que los efectos de la carencia de sueño sobre el riesgo de obesidad son más marcados en los niños, jóvenes, y adultos de mediana edad y que disminuye en los ancianos. Algo a tener en cuenta considerando las tendencias de obesidad infantil observadas en nuestro país.

Desde el punto de vista científico, es crucial el encontrar los mecanismos moleculares que explican la paradoja observada en los estudios epidemiológicos.

Con este fin se han llevado a cabo estudios de intervención en los que se ha disminuido en el laboratorio el número de horas de sueño de voluntarios. Estos han demostrado que los niveles de hormonas asociados con el apetito y la saciedad (por ejemplo la grelina y la leptina) están relacionadas con el número de horas dormidas, así como los niveles de factores de inflamación (e.g. Proteina C reactiva e interleuquina 6) y la resistencia a la insulina. Lo cual apoya no solamente las observaciones epidemiológicas entre el sueño y la obesidad, sino también la relación con respecto a la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.

Desde el punto de vista práctico, esto significa que a la hora de prevenir y tratar la obesidad no solamente debemos concentrarnos en lo más evidente, es decir, en la nutrición y la actividad física, sino que debemos empezar a incluir entre nuestros mensajes (tanto a nivel individual como a nivel social) la importancia del descanso nocturno.

De hecho, el éxito de las dietas para reducir peso queda mermado significativamente en aquéllos que no duermen el número de horas apropiado. Lo que nos lleva a la siguiente consideración: ¿Cuál es el número de horas que debemos dormir? Curiosamente, y como ha ocurrido tantas veces, el saber popular estaba en lo cierto, ya que el número de horas óptimo parece estar entre siete y ocho, con el riesgo de obesidad haciéndose especialmente manifiesto al bajar de seis horas.

Este conocimiento sugiere que en un futuro, cuando acudamos a un programa de pérdida de peso, la 'receta' será una dieta hipocalórica, un régimen de actividad física y una cura de sueño.

Sin embargo, es importante puntualizar que no hay que excederse ya que dormir demasiado (por encima de las 10 horas) supone el mismo riesgo de obesidad que el dormir menos de lo recomendado.

Por último, no olvidemos que nuestro objetivo principal es prevenir la enfermedad. Con esto en mente, nuestra lucha contra lo obesidad deberá incluir desde la niñez el concepto de dormir ocho horas diarias de manera regular, que es lo mismo que la tradición popular ha ido transmitiendo generación tras generación y cuya idoneidad hoy en día tiene finalmente una base científica demostrada.

Enlace fuente: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2011/03/02/nutricion/1299075820.html

martes

La paradoja de la depresión sin tristeza

Las personas tienen síntomas físicos y es más común en aquellas que no pueden expresar sentimientos; el riesgo crece con la edad

Gabriela Navarra
Para LANACION.com

Suelen ir al médico -generalmente al clínico- con una colección de síntomas físicos molestos: problemas para dormir, cansancio, más o menos apetito que de costumbre (y, en consecuencia, alteraciones de la balanza para arriba o abajo), ausencia de deseo sexual, problemas de concentración, sensación de falta de aire, taquicardia.
Pero? a la pregunta del galeno sobre el estado de ánimo, estos pacientes, casi siempre sonrientes y tranquilos, responden: "Bien, de ánimo bien."
Sin embargo, no están nada bien. Si se profundiza y se hacen algunas preguntas clave, tarde o temprano podrá comprobarse que esa persona pletórica de síntomas que la medicina llama "vegetativos" en realidad está padeciendo una depresión, pero no una depresión cualquiera sino un tipo especial de síndrome depresivo caracterizado paradójicamente por la ausencia de tristeza. Más bien, podría decirse, por la incapacidad de sentir que se está triste, de reconocerse en ese sentimiento.
"Es un problema que estamos estudiando especialmente en adultos mayores, aunque también hemos detectado casos en personas más jóvenes", responde a La Nacion por vía telefónica desde los Estados Unidos el doctor Sergio Paradiso, un italiano nacido en Sicilia que trabaja desde hace varias décadas como profesor asociado de psiquiatría y neurociencias en la Universidad de Iowa, donde en invierno, se lamenta, hace un frío glacial.
Comenta que "son sujetos que ingresan en el consultorio sonriendo y así siguen mientras describen sus síntomas físicos, pero que a la pregunta de si realmente están contentos de vivir, pueden llegar a contestar con un gesto evasivo, admitiendo ante otra pregunta que sí, que a veces creen que tal vez su familia se sentiría mejor si ellos no estuvieran? o que tienen sentimientos de culpa o pensamientos de falta de esperanza en el futuro".
La ideación depresiva está, están los síntomas vegetativos, pero falta el aspecto anímico de la depresión, no existe conciencia de las emociones o de lo que ellas significan. "En el examen psiquiátrico se distingue entre una tristeza que el paciente dice que tiene, algo que en este caso no ocurre, y una tristeza que el paciente no describe, pero que el evaluador ve, que es lo que sucede aquí."
La depresión no disfórica -otra forma de llamar a este trastorno- parece aumentar su frecuencia luego de la quinta década de vida, y aunque no existen muchas estadísticas, se estima que la padece un 5% de la población mayor de 50 años, sin distinción de sexo. En la Argentina, llegaría a poco más de 415.000 personas, según los datos poblacionales disponibles del Indec para 2001.
Pero, según aclara Paradiso, posiblemente exista mayor riesgo de este tipo de síndrome depresivo en personas con una cierta disminución de la capacidad cognitiva.
"En nuestras investigaciones hallamos una relación significativa entre sujetos que tenían depresión no disfórica y peores resultados escolares durante la niñez. ¿Si se relaciona con la inteligencia? En términos generales el desempeño escolar es un buen predictor de la inteligencia en general, incluida la emocional, que uno tendrá cuando adulto", explica el experto, que habla cuatro idiomas, entre ellos el español.

Emociones sin palabras


La pobreza expresiva de quien padece depresión sin tristeza está claramente ligada a la dificultad de comunicación y a la concientización de los propios sentimientos. En esto, admite Paradiso, influyen también condicionantes culturales y estilos de crianza.
"Creemos que hay un problema de alexitimia, una incapacidad de conciencia emocional que está parcialmente conectada con la inteligencia analítica, pero que también tiene aspectos particulares -explica-. Las inteligencias emocional y analítica mediadas a través de la memoria o la atención están conectadas, aunque se suelen citar casos de gente que es muy inteligente y tiene relativamente poca inteligencia emocional."
Para sufrir este tipo de cuadro se necesitan genes que predispongan a la depresión o condiciones de vida como estrés o traumas, junto a una capacidad inferior de conciencia anímica. "Esta conciencia anímica inferior puede estar influida por estilos de crianza: en algunas familias se favorece el ser estoico, no hablar nunca de la propia emoción y no se desarrolla una capacidad verbal de transmisión de los sentimientos. Este aspecto no se puede excluir", propone el investigador.
También existen algunas situaciones que pueden predisponer a la presencia de una depresión no disfórica o sin tristeza.
"Tener lesiones cerebrales, por ejemplo un stroke o ataque cerebral en el hemisferio cerebral derecho, incrementan el riesgo -aclara el especialista-. Puede ocurrir también cuando se ve afectada puntualmente la corteza cingulada anterior, lugar de la conciencia de las emociones. Este deterioro también puede presentarse en otras enfermedades neuropsiquiátricas, como la demencia frontotemporal y el Parkinson, y debido a cambios de esa región cerebral ligados con el envejecimiento, que conlleva una disminución de la capacidad de procesamiento emocional y un grado incrementado de alexitimia."
La depresión no disfórica puede asociarse a comorbilidades, es decir, a otras enfermedades. Pero, a menudo, cuando se ordenan exámenes de rutina para explicar los síntomas físicos que la persona describe (cansancio, disminución o aumento del apetito, falta de concentración, falta de deseo sexual) todo aparece dentro de lo normal. Sin embargo, están deprimidos.

Características únicas


La depresión sin tristeza no tiene nada que ver con la distimia, que es una forma más moderada de depresión a largo trazo, pero donde la persona es totalmente consciente de su sentimiento de tristeza, ni tampoco con la depresión ansiosa, que implica la concientización del problema.
"El depresivo sin tristeza no siente pena ni siente ansiedad -afirma Paradiso-. Ha transferido todo su malestar al cuerpo y no puede expresar ninguna emoción vinculada con lo anímico. Si un médico recibe a un paciente que se queja de síntomas físicos, pero cuyo organismo funciona bien, es un caso para estudiar un poco más. En clínica geriátrica, especialmente, es necesario profundizar para descartar o no la presencia de un cuadro que, de no tratarse, puede extenderse en el tiempo por falta de tratamiento o aumentar el riesgo suicida, presente en todo cuadro depresivo."
El llamado a la intervención puede también venir de los familiares. "Si alguien de pronto tiene problemas para dormir o ha bajado involuntariamente de peso o un esposo cambia su actitud y está cansado, sin ganas de vivir, y los fines de semana ya ni se levanta para mirar fútbol en la tele, se recomienda la consulta", indica el experto.
¿Existe alguna forma de ponernos más a salvo? Paradiso afirma que una clave es no huir de las propias emociones y sentimientos y conocerse mejor anímicamente.
"El problema se puede tratar con medicamentos y psicoterapia. Pero lo primordial es ser conscientes y pedir ayuda. Luego, de una u otra manera, se puede salir adelante porque hay muchas maneras de tratar la depresión", finaliza.

TRES SIGNOS CLAVES
1. Está relacionada con el nivel de alexitimia, la incapacidad para concientizar las propias emociones y expresarlo verbalmente.
2. Las personas expresan síntomas y malestares físicos (insomnio, cansancio, exceso o falta de apetito, disminución de la concentración, falta de deseo sexual), pero no se sienten tristes ni ansiosas.
3. Podría estar asociada con el deterioro de un área del hemisferio cerebral derecho vinculada con el procesamiento de las emociones.

Enlace fuente: http://www.lanacion.com.ar/1351260-la-paradoja-de-la-depresion-sin-tristeza?

viernes

El ejercicio frena la pérdida de memoria

* Andar 40 minutos tres días a la semana aumenta el tamaño del hipocampo
* También eleva los niveles de factor neurotrófico derivado del cerebro
* La plasticidad de ciertas zonas cerebrales se mantiene pese al paso del tiempo

Patricia Matey | Madrid
ELMUNDO.es

No hay que parar quieto, se tenga la edad que se tenga, sobre todo si se desea mantener 'intactos' los recuerdos. No es la primera vez que un estudio constata que el ejercicio físico ayuda a preservar la memoria, pero sí es de los pocos en los que han intervenido pruebas de imagen cerebrales para constatar que el deporte aumenta el volumen de las zonas cerebrales relacionadas con esta función cognitiva.

Arthur Kramer, autor principal del estudio y director del Instituto Beckman en la Universidad de Illinois (EEUU), asegura que "los datos obtenidos son particularmente interesantes porque constatan que incluso pequeñas cantidades de ejercicio realizadas por las personas mayores sedentarias pueden mejorar sustancialmente la memoria y la salud cerebral . Y esta mejoría puede tener importantes implicaciones en la salud de los ciudadanos de las naciones en las que el envejecimiento se está expandiendo."

De la misma opinión se muestra Julio Sanjuan, del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (Cibersam), quien en declaraciones a ELMUNDO.es reconoce que "la investigación, realizada con la metodología correcta, es muy interesante".

El deterioro del hipocampo (la estructura del cerebro que involucra la formación de todos los tipos de memoria) se reduce un 2,1% anual en los adultos mayores sin demencia, y esta pérdida de volumen aumenta el riesgo de deterioro cognitivo. "Las estrategias para combatir el deterioro del hipocampo y, por tanto, de la memoria, se han convertido en un tema prioritario en los últimos años desde la perspectiva científica y de salud pública. La actividad física, como el ejercicio aeróbico, se ha convertido en un tratamiento prometedor de bajo coste que mejora la función neurocognitiva y que es accesible a todas las personas mayores sin contraindicaciones específicas", destacan los autores en su estudio, publicado en 'Proceedings of the National Academy of Science'(PNAS).

Un 2% más de volumen cerebral

En el trabajo han participado 120 personas con más de 55 años, sedentarias y sin demencia. La mitad de ellas anduvo 40 minutos al día, tres veces por semana; mientras que el otro grupo se limitó a realizar ejercicios tonificantes. Antes y después de esta intervención todos los participantes se sometieron a una resonancia magnética.

Los datos revelan que las personas que practicaron ejercicio "experimentaron un aumento del volumen del hipocampo izquierdo y derecho del 2,12% y 1,97% respectivamente durante el primer año de entrenamiento, mientras que el grupo control obtuvo una disminución de esta zona cerebral de entre el 1,40% y 1,43%, en el mismo periodo de tiempo", se insiste en la investigación.

Se suman a ellos los obtenidos en los test de memoria espacial. Las pruebas que se realizaron a ambos grupos en tres intervalos de tiempo destacan que aquéllos que realizaron ejercicio mejoraron en la función de la memoria, un beneficio asociado al incremento del tamaño del hipocampo. Asimismo, se evaluaron ciertos biomarcadores asociados con la salud cerebral, como el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF, sus siglas en inglés), cuyos niveles en sangre aumentaron de forma significativa entre los que caminaron tres veces a la semana.

Plasticidad cerebral

El científico Kramer y su equipo resumen el estudio alegando que "el hipocampo sigue siendo plástico a finales de la edad adulta y que el ejercicio moderado es suficiente para mejorar su volumen. Lo que se traduce en una mejora de la función de memoria y en una mayor concentración de BDNF. Estos resultados indican claramente que el ejercicio aeróbico es neuroprotector y que iniciarlo en la edad adulta es útil para mejorar o aumentar la cognición o el volumen cerebral".

Para el doctor Sanjuan es "curioso que no se mencione que esta función del ejercicio sobre el hipocampo y el BDNF, es exactamente la misma que realizan los fármacos antidepresivos; de hecho, el ejercicio físico es un reconocido tratamiento preventivo en algunas depresiones. También la psicoterapia puede modificar la neuroimagen cerebral (funcional y morfometría). Es decir, que los datos en conjunto sugieren que hay una gran plasticidad cerebral que puede modificarse por diferentes vías: como la química (antidepresivos); con la palabra (psicoterapia) o, simplemente, con el ejercicio físico".

Enlace fuente: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2011/01/31/neurociencia/1296469235.html

martes

Cascos para pensar mejor

James Gallagher
BBC, Salud

¿Estamos entrando en la era de los "cascos para pensar"; es decir, dispositivos para estimular el potencial de nuestro cerebro que, a la vez, podrían tener aplicaciones de salud?

¿Llegará el momento en que todos, desde escolares hasta jubilados, desde artistas hasta contadores, puedan recargar sus habilidades naturales con un sombrero estrafalario?

Ya se ha indicado que la electricidad puede estimular ciertos talentos, y ahora investigadores en Australia han descubierto una manera de ayudar a la solución de problemas matemáticos.

El equipo del Centro de Estudios de la Mente de la Universidad de Sidney, Australia, estima que las experiencias individuales pueden condicionar y, a veces, comprometer la capacidad de pensar de forma creativa.

Así, cuando el cerebro se acostumbra a resolver un problema de una manera, luego le cuesta cambiar el enfoque.

Los especialistas utilizaron unos conocidos problemas matemáticos con números romanos.

Pero luego de resolver repetidamente problemas en los cuales hay que cambiar los números, al cerebro le queda difícil resolver otros problemas en los cuales lo que se requiere es cambiar los símbolos.

Aunque aquellos que usaron los "cascos para pensar" lograron mejores resultados.

Corriente eléctrica

Los expertos pasaron una corriente eléctrica a través del cerebro de quienes usaron los dispositivos con el propósito de reducir la actividad del lóbulo temporal izquierdo anterior y aumentar la actividad del derecho.

Como resultado, se triplicó el número de personas capaces de resolver los problemas matemáticos.

Allan Snyder, director del Centro de Estudios de la Mente, se refirió a una especie de "efecto bisagra" que cambia el equilibrio entre las dos mitades del cerebro: "El enfoque que utilizamos logra temporalmente modular el equilibrio hemisférico a nuestro favor".

Snyder agregó que "los efectos de la estimulación probablemente duran una hora, que es exactamente lo que queríamos: una ventana temporal que nos permita estudiar el tema de una forma novedosa".

Algunos sostienen que estimular el cerebro puede mejorar la capacidad de aprender un lenguaje, así como también reforzar la memoria y la capacidad de atención.

En pacientes

Sin embargo, Chris Chambers, neurocientífico de la Universidad de Cardiff, en Gales, sostiene que la investigación de los expertos australianos posee limitaciones.

Según él, el estudio puede demostrar que la estimulación tiene un efecto en la solución de esos problemas matemáticos, pero no más allá.

E incluso en ese caso específico de los problemas matemáticos, anota, podría tratarse simplemente de que la electricidad hizo que la gente estuviera más despierta y alerta.

Entre tanto, en otro lugar del Reino Unido, Roi Cohen Kadosh, de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, ha demostrado que la estimulación del cerebro puede mejorar la habilidad matemática.

En sus palabras: "El objetivo principal es aplicar este tipo de investigación en los pacientes con daños cerebrales o dificultades de aprendizaje".

Así, después, "podríamos estudiar la manera de utilizarla en el mejoramiento de las habilidades" cognitivas.

Ya Cohen Kadosh empezó a trabajar con empresas privadas en el diseño de un casco.

"El casco de pensar del futuro no servirá para ayudarnos a recordar datos, pues internet ya solucionó ese problema. Más bien, facilitará el aprendizaje y el amaestramiento de hábitos mentales".

Pero Cambers también se mostró escéptico respecto al "casco para pensar". Según le dijo a la BBC, "es ciencia ficción; todo lo que sabemos sobre el tema sugiere que podríamos estar a muchos, muchos años de conseguirlo, si es que alguna vez lo logramos".

Enlace fuente:http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/02/110208_pensamiento_casco_mente_salud.shtml